¿Cuándo dejar la terapia?

A menudo ponemos el foco en el inicio de la terapia, a qué persona acudir, qué metodología, qué especialidad…pero quizá no hemos hablado de cuándo es momento de dejar la terapia.

Para mi un cierre de proceso terapéutico tiene que ver con poder irte sin sentirte abandonada y sin sentir que abandonas.

¿A qué me refiero?

Yo he tenido 3 procesos distintos hasta encontrar a “LA psicóloga”, fui a una psicóloga cognitivo conductual, a una analista transaccional y a una psicoanalista, y luego encontré a Marta, mi terapeuta Gestalt.

Quiero decir que te explico los intentos que hice antes de llegar aquí hoy, y esos tres proceso, han sido unos 8 años. Quizá te parece banal, pero siempre pongo el ejemplo de los peluqueros. A veces vas a alguno y le pides “sólo las puntas” y te cortan más…y seguro que luego vuelves a otro, pues aquí lo mismo, que sea psicólogo no garantiza que sea buena persona o que te caiga bien…Inténtalo de nuevo…

Cuando empezamos un proceso, vamos quitándonos capas, como si fuéramos una cebolla y cuando pensábamos que nos conocíamos descubrimos que no tanto como pensábamos, entonces no le vemos el fin a la terapia, porqué siempre nos ocurren cosas.

Quizá empezamos terapia con la creencia de que nos va a servir para sentirnos mejor y sobre todo para que “nos quiten” el malestar, la tristeza, la apatía y con el paso de las sesiones vamos viendo que justamente lo contrario, sirve para darle espacio al malestar, la tristeza y la apatía y pronto empiezas a convivir con todo ello, aunque resulte incómodo y desagradable a veces.

Y en ese momento, dando paso a lo que hay, aunque sea incómodo, empiezas a explorar cómo te relacionas contigo y con el mundo desde la curiosidad y no desde la prisa por “sanar” sino para conocerte, verte, cómo lo puedes hacer más fácil y haciéndote menos daño.

Imagina que tu demanda en terapia fue “necesito ayuda para ser fuerte, estar menos triste” y a medida que van pasando las sesiones, vemos que no permitirte la tristeza te sirvió en tu infancia, porqué había muchas cosas que cuando eras pequeño te ponían triste pero no podías asumirlas porque eran demasiado grandes para lo pequeño que eras…y por eso tuviste que hacerte fuerte, para sobrevivir al dolor y no sentirlo, pero ahora, te das cuenta que ser fuerte todo el rato es agotador y que te aleja de poder intimar con alguien porqué no te permites mostrarte vulnerable, así que se abre una puerta cuando experimentas que puedes ser fuerte y estar triste a la vez…

Pero aunque sea un espacio de auto-cuidado para ti, un sitio donde parar y escucharte, donde relacionarte desde tu más profundo ser, la terapia es un servicio, tiene un objetivo, es una relación terapéutica y para nosotros, los terapeutas, el éxito es cuando compruebas que tienes autonomía para manejar tus relaciones y tus emociones. 

Que tu mismo te puedas manejar, significa que tienes recursos que te sostienen y que tienes herramientas para hacerte “auto-terapia” y ser esa voz compasiva y amorosa y también la que pone límites (así me lo decís a veces: “Marta me dije a mi misma fuera de sesión, lo que me dirías tu”) una vez has experimentado lo que es estar en una relación de apego seguro, te conviertes en apego seguro para ti y para tu niña interior.

Por ejemplo, cuando estás en terapia, aprovechas ese espacio para contarle a tu psicóloga aquello que te preocupa, te enfada, te da miedo, te entristece…y cuando finalizas el proceso, para mi “auto-terapia” es me doy cuenta que estoy preocupada, enfadada, llamo a una amiga, voy a una clase de pilates, respiro consciente, me permito descansar…según lo que necesites cubrir en cada momento.

Para mi, que recientemente, he cerrado mi proceso personal y he presenciado el cierre de una de las personas que acompañaba, siento el éxito porqué ella ha conseguido su objetivo inicial y porqué en sesiones ha expresado todas sus emociones delante de una figura “de poder”. Ha podido enfadarse, llorar, tener miedo…ha experimentado esa aceptación y ese amor…y ahora que sabe como se hace, puede hacerlo por ella misma…

Ay, qué bonita profesión tengo…