La sesión más dolorosa

Desde hace algún tiempo hacia aquí, las psicólogas llevamos a cabo tareas de divulgación de nuestro trabajo, desmontamos algunos mitos, clarificamos conceptos y hablamos de la importancia de cuidar la salud mental, así como los beneficios de la terapia.

En Instagram hablamos de nuestra experiencia de realizar acompañamientos basados en el vínculo, para así reparar su historia de vida, crear un lugar seguro para maternar a su niña interior, aprender a poner límites, conocer quién son…¿suena bien, verdad?

Aún así, ir a terapia, a veces es incómodo, requiere de “fortaleza” para continuar con el proceso, requiere ese compromiso para quedarse revisando, mirando, escarbando para seguir explorando aquello que nos duele tanto ver, reconocer y que a menudo tratamos de no pensar y olvidar para protegernos.

De hecho, hoy escribo sobre aquellas veces que después de una sesión pasada más reveladora, vuelven a terapia y me dicen:

“La verdad que me quedé removida después del último día”

“Esta semana he estado muy triste y me he sentido muy sola”

“Pensé en no volver, porqué darme cuenta de eso dolió mucho”

Y es que para mi la sesión más dolorosa es aquella que nos damos cuenta que las personas de nuestro alrededor hacen elecciones, toman decisiones o tienen reacciones que nosotras no haríamos o que a nosotras nos cuestan aceptar.

Estas sesiones normalmente es cuando vemos o recordamos aquello que siempre ha estado ahí, pero alguien nos ha ayudado a ponerle palabras. Y es que a menudo, cuando empezamos terapia, nos da miedo “lo que pueda salir”, pero no va a salir algo que no haya pasado, bien es cierto, que transitarlo será doloroso.

Me refiero a que algunas veces seguimos sosteniendo un discurso protector hacia nuestras figuras de apego, nuestros referentes, la mayoría de veces, nuestros padres.

Por ejemplo, recuerdo el dolor de una clienta cuando me decía que ella fantaseaba con irse de vacaciones con su madre cuando tuviera unos días libres, pero cuando ella movía cielo y tierra, se organizaba con sus compañeras, rechazaba planes con sus amigas…su madre le decía que no.

Ella veía otro tipo de familias, personas, incluso su tía, la hermana de su madre, si que le gustaban esos planes, y se apuntaba sin pensarlo, y aunque le agradecía el detalle, había una parte que se quedaba insatisfecha, porque la niña que fue seguía esperando con anhelo que eso se lo diera su madre.

De hecho, cuando esto ocurría decía “bueno, es que a mi madre no le gustan mucho las sorpresas” “es que ella ya es mayor y prefiere estar en casa”, pero no conectaba con “me siento sola cuando me dice que no” a mi me hacia ilusión ir con ella” “me hubiera gustado que me aceptase la invitación”…

Y es que, tal como me dijo alguien hablando de la relación con su madre “esto que le pido a mi madre que haga, que sea o que me dé, es como pedirle a un ciego que me describa el cielo”.

Por eso para mi estas sesiones son las más dolorosas, porqué sé lo que cuesta ver y aceptar lo que es, pero es necesario para no seguir dándonos cabezazos contra la pared, yendo a buscar una y otra vez algo a un sitio que no nos lo van a poder dar porque no pueden, no saben o no quieren.

Sé que es difícil, a esa clienta eso no le dejó de doler en una sesión ni en dos, pero empezó por llorar su pérdida “no es como yo necesito que sea” luego empezó por darse cuenta de su necesidad “quiero pasar tiempo con mi madre”, luego se esfuerza por ver a su madre real “mi madre me dice que no a unas vacaciones largas, pero me dice que si a ir a pasear por la playa juntas”.

A menudo queremos satisfacer nuestra necesidad de una determinada manera, buscamos que pase tal como deseamos, y en ese ideal nos hacemos daño, porque contactamos una y otra vez con el dolor de “lo que no puede ser”. Por eso hablamos de aceptar, de ver la realidad tal como es, aunque no nos guste del todo.

Este artículo puede que no te sirva, está bien, escribo sobre algunas experiencias, no las puedo acoger todas.

Te abrazo,