Validando emociones

Cuando en julio fui la tutora de un curso de educación emocional para docentes, aún fui más consciente del discurso social sobre las emociones.

Y es que a la mayoría de personas lo que nos han enseñado en casa sobre emociones es en gran medida a no sentirlas “no llores” “no pasa nada, no es para tanto” “yo de ti no me pondría así”.

En la escuela lo han intentado hacer sobre papel, como por ejemplo, realizar una actividad para clasificarlas como buenas o malas…

Y luego cuando algún adulto tiene un discurso más respetuoso con las emociones o acoge el estado interno del niño se le acusa de “demasiado moderno” “deberías poner más límites” “así no aprenden”.

Y es que a menudo confundimos el respeto con la permisividad.

Para clarificar esto, te voy a contar una historia breve de un libro titulado “El libro que ojalá tus padres hubieran leído” de Phillipa Perry.

Una niña de 4 años empieza a llorar porqué al subir al coche, su primo se sienta en su asiento habitual.

La autora, protagonista de esta escena, cuenta que tuvo ganas de decirle a su hija, algo así como “no montes un drama por esto, simplemente siéntate en otro” pero en vez de eso, dijo algo distinto:

Se agachó para ponerse a su nivel y con un tono de calma y una mirada de dulzura le dijo: “Te resulta duro ver a tu primo en tu sitio, realmente te gustaría sentarte ahí ¿verdad?”

La niña disminuyó su llanto un poco, se sintió acompañada, se sintió vista y sintió que había alguien ahí que se daba cuenta de lo que le ocurría y le ponía palabras, ayudaba a la niña a mentalizar y a regular su estado, así ella podía organizar su relato en su interior, de acuerdo a su sensación “me siento enfadada y los demás así lo ven, así me ven” en vez de “me siento enfadada y nadie lo ve, solo me dicen que no haga un drama”.

A menudo creemos erróneamente que validar emociones, sería algo parecido pero con una escena final donde la madre le pide al primo que se cambie para que la niña no llore.

Y aquí no ha ocurrido eso, ahí no hemos evitado el lloro sino que lo hemos acompañado, diciendo “entiendo que quieras sentarte ahí, pero hoy no puede ser, sé que te molesta y te enfada, pero hoy se sentó el primo”.

No es una certeza que ocurra así, pero si hay más posibilidades que con ese discurso validador, la niña se ate el cinturón y empiece a hacer otra cosa, ya que una vez pasada la tormenta viene la calma, pero muchas veces, nos quedamos atascadas en la tormenta.

Así que validar no significa darle lo que pide, significa permitir que se sienta como sea, poder nombrarlo y que aunque la situación no vaya a cambiar, decirle que entiendes como se siente.00